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jueves, 22 de marzo de 2012

Relato. LUCÍA GONZÁLEZ

                          AULA 300

Estaba yo, sola, en el Instituto de noche. La razón de que estuviera allí era que se me había olvidado el libro de lengua. Eran las ocho de la noche e hice una cosa que por supuesto no hubiese hecho si no fuera porque al día siguiente tenía examen de esa asignatura.

 Me colé en el Instituto a las ocho todavía no era de noche, las luces no estaban encendidas. Esa situación era muy rara para mí ya que soy muy asustadiza. El aspecto del Instituto era muy diferente al que veía normalmente. Todo estaba en silencio ni se veía a los niños de primero corretear por los pasillos ni a los de tercero hablando en grupos, esa sensación no me gustaba, pero tenia que soportarla porque de todas maneras necesitaba mi libro.  ¡Quería aprobar!

 Había algo que en especial me asustaba: el silencio. Es algo que me da mucho miedo porque en cuanto oigo un ruido me asusto de verdad. En resumen, una situación  escalofriante.




 Busqué mi clase con ansiedad. No sé el por qué, pero me hice un lío con las clases: 101, 100,102. No me acordaba cuál era la mía. En ese momento recordé: ¡Audiovisuales! Si empiezo a andar desde allí mi clase será la primera, así que ya sabré dónde se  encontrará exactamente.

El problema era que me podía la curiosidad de saber cómo estaría audiovisuales por la noche. Entré, estaba todo oscuro e intenté encender la luz, pero no sé el por qué no funcionaba. Las sillas estaban todas descolocadas, las persianas bajadas, pero, aun así podía distinguir una extraña figura. Parecía un hombre pero mucho más alto. Me escondí (precaución ante todo). Hacía movimientos extraños, del tipo”transformaciones”. No estaba segura de que fuera alguien conocido del Instituto, parecía un tipo de oso y estaba comiendo algo, no podía ver bien. De repente, sonó un ruido. Acto seguido salí corriendo, como se suele decir ¡soy demasiado joven para morir! Salí de Audiovisuales y entré en una clase. ¡SÍ! Esa era mi clase cogí el libro de lengua y salí de la clase. ¡Ahora era el momento de irme! Tengo que escapar- pensaba; pero eso no era suficiente como para tranquilizarme, mi corazón latía tan rápido que por un momento pensé que se me podría salir del cuerpo. La verdad, siempre que veía películas de miedo (pocas veces) decía que nunca estaría en un lugar oscuro a solas, pero ya me veis aquí corriendo escaleras abajo para escapar. En ese momento pensaba y deseaba que esto fuera un sueño.

Cuando ya bajé las escaleras, pude distinguir una luz en una zona del instituto que a nosotros, los alumnos, nos está prohibida. Se oían unos susurros indescriptibles, entonces fue ahí dónde lo único que me hacia seguir, era que no quería morir no todavía. Salí corriendo, detrás de mí cerré la puerta. Intente llegar a mi casa como pude.

Hasta que no llegue al portal no mire el reloj, las 9 de la noche, tan poco tiempo había estado fuera y a mí me había parecido una eternidad. Delante de mi puerta estaba tranquila, pero todavía asustada. Llame al telefonillo, abrió mi madre y pasé a casa me preguntó porque tarde tanto, a lo que respondí que me encontré con un amigo en la calle.

 Esa noche fue muy dramática. Le estuve dando todo el rato vueltas y no le encontraba ninguna explicación. Ese suceso tan extraño no me lo podía callar así que decidí contárselo a una amiga, ella era muy valiente, por eso decidí que ella sería la mejor y además era de confianza. Ella me contestó que no se lo creía tenia que verlo para creerlo ya que ella tenía la misma imagen del Instituto que tenía yo antes de lo que pasó. Así quedamos al siguiente sábado a las 7:30 para que nos diera tiempo de llegar a las 8:00 a Audiovisuales. Esa noche era muy fría, normal era 16 de diciembre y la verdad ese día no era muy bueno para haberle elegido ya que estaba todo el cielo lleno de nubes, era un día de miedo.  Cuando llegamos le dije que fue en Audiovisuales donde vi al extraño ser.

Mi amiga fue primera, tan decidida que me sorprendió. Abrimos la puerta con cuidado y para mi asombro no estaba ese ser extraño. Como no teníamos nada que perder dejamos la puerta abierta y entramos en Audiovisuales. Estaba todo muy oscuro, mi amiga subió la persiana ahora se podía ver mejor, estaba casi todo normal a excepción de que había una mancha de color rojo parecía sangre, pero ninguna de las dos queríamos comprobar si era kétchup. Mi amiga me dijo que me había inventado todo, le dije que no que estaba segura de que vi algo ese día. Me pidió que describiera a ese ser y le dije lo mismo que os conté a vosotros.

 Mi amiga decidió recorrer todo el Instituto - seguro que si nos pillan nos expulsan- creo que pensé en voz alta, porque mi amiga dijo que ya se inventaría algo para que no nos regañaran. Recorrimos todo el Instituto a excepción del aula 300, pero ninguna de las dos nos atrevimos a entrar.


 Ya que había una leyenda. Se trataba de que como este edificio era tan antiguo, se oían unos ruidos similares a gemidos y el último alumno que entró dijo que en la pared se podía distinguir una figura de un hombre, pero no uno cualquiera. ¿Habéis visto alguna vez la película de Frankenstein? Pues ese hombre (vamos a llamarlo así) se parecía al personaje. Al niño no se le ha vuelto a ver. A parte de eso decidimos entrar por la curiosidad seguidamente se podía ver todo lleno de polvo, las sillas rotas, la pizarra antigua y si intentabas mirar a través de las ventanas no veías por el polvo, las persianas estaban rotas. Mi amiga se acerco a quitar el polvo de la ventana y a través de ella se veía el patio. La figura del hombre se podía percibir perfectamente, incluso parecía que se movía. Mi amiga fue a tocarlo y sonó un gemido muy alto yo salí corriendo, pero mi amiga muy tonta por cierto se quedó. No la espere, cosa que debía de haber hecho, ya que al día siguiente se la encontraron muerta delante de su clase. Este suceso lo  intente  olvidar, pero muy a menudo cuando soñaba, oía voces que me decían- tu serás la siguiente-. Ahora, no se como he podido contactar con vosotros para contar mi historia. Si oís que andan espíritus por el Instituto creerlo, porque seremos mi amiga y yo. Y si nos veis no os preocupéis, solo os enceraremos en la pared como hicieron con el niño del aula 300.


 

LUCÍA GONZÁLEZ LÓPEZ

Relato. LYDIA ORTEGA

OTRO DÍA ENTRE EL MONTÓN


Era un día cualquiera. Otro día entre el montón de ellos. Otro día más hasta ese momento. Aquel maldito instante en que ese plátano inoportuno se puso en mi camino haciéndome quedar en ridículo delante de todas las personas que paseaban en ese mismo momento por justo la misma maldita cera en que yo estaba. La calle donde vive mi abuela, justo en frente del colegio donde estudian mis primos y mi hermana. Bueno, mejor dicho, una avenida. La avenida de las Ciudades, en mi pueblo Getafe, en frente del colegio Mariana Pineda. Se notaba un ambiente muy tenso, silencio mientras caminaba, o es lo que yo notaba por mi estado de ánimo. Llevaba la cabeza baja, pero cada vez que subía la mirada veía a hombres que me miraban fijamente aguantándomela hasta que yo la apartaba por mi miedo, o típicos jóvenes escuchando música a tope. Aunsentes del mundo que les rodeaba, centrados en su propio mundo, en sus propios pensamientos. Yo seguía andando con la cabeza baja y pensando en mis cosas, también en mi mundo, ignorando algunas risas acompañadas con burlas que escuchaba a lo lejos. ¡Como si no tuviera bastante…! Exámenes, traiciones por todos sitios… En resumen, disgustos por todos lados. Pensaba en hacerme a la idea de la realidad, pues estaba segura de que precisamente no estaba pasando por el mejor de momento de mi vida, como bien me habían avisado las cartas que me había echado la madre de mi amiga. Yo no creía en esas cosas ni mucho menos, pero en ese momento estaba empezando a tener miedo. Las cartas me habían adelantado que no iba a ser el mejor momento ni en mis estudios, ni mucho menos en mi vida personal. Salía en la carta un chico en medio de un montón de palos con púas. 



No le veía en la cara el sufrimiento porque salía de espaldas, pero me la imaginaba. Significaba sufrimiento. Recordaba en ese momento que también me había hablado de traiciones. Una persona falsa e innombrable que me había hecho mucho daño a mí y a todos los de mi grupo. Nos había dejado marcados. Esa persona, si es que eso es lo que  era o tendría que decir ese demonio por lo mala que era, nos había hecho demasiado daño, diría yo. La mujer no se había equivocado por el momento en nada. Yo seguía andando, pensando en todo a la vez. Estaba perdida. Me encontraba sola. Sentía que el mundo se me venía encima, que todo lo malo siempre me pasaba a mí. Que era la única. En ese momento nada ni nadie me podía animar.
-¡Hola mamá…!
Llegué a mi casa, saludé a mi madre intentando disimular mi estado de ánimo. Creo que no me escuchó, pero mejor. Le parecería extraño que me encontrara en casa un sábado a las seis y veinte de la tarde y me empezaría a hacer un cuestionario de los suyos.
Pasé a mi habitación y me tumbé en la cama sin consuelo. Puse música, música deprimente, de la típica que al escucharla sólo te apetece explotar y derramar las lágrimas que tienes acumuladas y aguantadas en el interior. En ese mismo momento sonó el teléfono. La verdad, no tenía ganas de hablar con nadie porque no me gusta que me oigan llorar. Vi el nombre. Eran mis amigos, los de verdad.
-¿Lydia? ¿Dónde estás? ¿Por qué no has salido? Por favor, dinos que te pasa; estamos todos preocupados por ti…
-Chicos, ahora mismo no me apetece hacer nada. No tengo gansa, ya os contaré.



Les colgué, y en ese mismo instante sonó el timbre de casa .Me levante sin ganas de nada y me dirigí lentamente hacia el portero.
-¿Quién es?- Pregunté.
-No vamos a permitir que estés así, o sea que baja ahora mismo.
Reconocí por la voz, que era Gloria. En ese momento me apareció una sonrisa en la cara. Fui corriendo hasta mi habitación. Sabía que les importaba, que les tenía para todo, que me iban a apoyar, que era mi gente, mis amigos. Me pregunté de qué valía amargarme sabiendo que tengo a gente a la que le importo para ayudarme en todo lo que necesite. En ese momento seguí recordando las últimas palabras que me había dicho la madre de mi amiga cuando me leyó las cartas.
-Eres una niña todavía, eres fuerte. Vas a conseguir todo lo que te propongas con esfuerzo, porque esta es la carta del triunfo y está boca arriba. Cariño, la vida te va a sonreir, pero tienes que ser tú la que diga ‘’aquí estoy yo y me voy a comer el mundo’’, y así nadie podrá contigo. Recuérdalo siempre, Lydia…
Me vine arriba. Lo iba a hacer, lo iba a conseguir. La vida son dos días y no me servía de nada vivirlos llorando.
Mientras me cambiaba de ropa y me secaba las lágrimas entusiasmada, sabía que esos dos días daban para mucho y que el tiempo iba a poner a cada uno en su lugar; cada uno obtiene su merecido.
Ya bajando por las escaleras, pensé en un consejo que darme a mí misma.
“Lydia, no aceleres nunca, relájate, mira a tu alrededor y date cuenta de lo que tienes delante, por lo que vale la pena sonreir. Valora tus tesoros…”
Entonces abrí la puerta del portal. Ahí estaban ellos. Fui corriendo a abrazarles, sabia que no estaba sola. Había sido otro día del montón, de otros tantos, pero a la vez muy especial.

lunes, 12 de marzo de 2012

Relato. JULIO B. ORTIZ ALMUIÑA

Donde las dan las toman.

Una madrugada de lunes, por las calles de una ciudad dormida, apenas tenuemente iluminada por las luces de las farolas que permitían percibir unos edificios grises y unos árboles desnudos envueltos en el silencio absoluto de la fría noche de invierno, iban dos jóvenes amigos cantando y gritando sin pensar en que la gente dormía.
La fiesta había alegrado sus espíritus juveniles, y ellos tan contentos de haber pasado una noche de fiesta,  decidieron prolongar la juerga mientras iban rumbo a sus casas. Muy ruidosos los muchachos cantaban sin parar dando gritos, risotadas y haciendo tonterías, hasta que un vecino, cansado y enfadado por haberse despertado por los gritos, salió al balcón y les dijo “por favor, callaros que estamos durmiendo y es muy tarde”, los jóvenes, sin importarles aquel reproche siguieron a lo suyo, otro vecino, que intentaba dormir unas horas antes de irse al trabajo, alertado por los ruidos se asomó por la ventana y también replicó la conducta de los chicos “no hagáis ruido, mañana tengo que trabajar y así no se puede dormir”, “pues no vayas a trabajar y vente con nosotros de fiesta” le dijeron los muchachos con voz burlona. Como vieron que no les sucedía nada, más que algunos reproches de unos pocos vecinos y sin pensar el perjuicio que podían causar, todos los días que salían de juerga hacían lo mismo.
Harto de escucharlos cada fin de semana, uno de esos vecinos decidió seguirlos y así, averiguar el domicilio de alguno de ellos. Cuando supo donde vivían, una noche de diario se acercó a su casa con el propósito de molestarlos tocándoles el timbre. El joven y su familia, que ya estaban durmiendo, sorprendidos, preocupados e intrigados por esa acción tan molesta se preguntaban quien sería el gamberro que los incordiaba  a esas horas. “seguro que son jóvenes que están de fiesta y no piensan en los perjuicios que ocasionan a la gente con sus gamberradas” dijo la madre muy enfadada, “como salga yo a la calle se van a enterar, estos gamberros” dijo el padre enfurecido. Por fin, después de un rato, todo volvió a la normalidad, pero ya la noche fue intranquila para la familia que no pudo dormir a gusto. Al día siguiente, cuando se levantaron cansados por haber pasado una mala noche, encontraron una nota de aquel vecino explicando el motivo de su acción y pidiendo disculpas a los padres. Avergonzado, el muchacho comprendió perfectamente las molestias que había causado en sus noches de juerga y, además,  se llevó una buena reprimenda de sus padres.

Relato. RAQUEL CARNERO

SOSPECHOSO INESPERADO

         Desde hace tres meses habían empezado a desaparecer niños y mujeres. Me habían dado a mí este caso, pero, no sabía qué hacer, ni cómo empezar.
Al entrar en casa y ver la foto de mis hijos se me ocurrió ¡Era genial, fantástica!... pero tenía un problema ¿Quién iba a ayudarme? Tenía que ser una mujer o un niño.
Por la mañana, nada más llegar a la comisaría, me puse a buscar entre los papeles y al cabo de un par de hora lo encontré. Hugo Orozco, un niño de 10 años que vivía solo. Ese mismo día le fui a buscar. Él aceptó, y por la mañana nos pusimos a prepararlo todo, para empezar cuanto antes con el plan, le puse un chip, para poder seguirle.
El primer intento no funcionó. El segundo tampoco, y así un par de veces más. Pero por fin el plan funcionó. Fui a casa a coger unas cosas y a buscar a Hugo. Cuando llegué no me lo podía creer ¡Era la comisaría! Mejor dicho, estaba debajo, pero ¿Quién era? Entré y bajé al sótano. Allí encontré un túnel. Cogí la linterna, me adentré y estuve andando durante 1 hora y media, pero… por fin estaba allí.
Me escondí detrás de unas cajas y miré por un hueco que había. No había niños, sólo mujeres. Pero era como si estuvieran  hipnotizados. Y allí justo delante de ellas estaba el cerebro de la operación. Ahí, justo delante, ¡pero no me lo podía creer! Era, era… una persona en la que yo confiaba, un hombre al que respetaba, era el policía más bueno de la comisaría. Era José del Mar el jefe de la policía.

Relato. MARÍA LARA

UN ACCIDENTE FATAL

Todos los habitantes  estaban impacientes por ver la nueva familia  que llegaba al pueblo. Después de una hora esperando cerca de la casa, vieron que se acercaba un coche desconocido hacia allí.
-¡Ahí vienen nuestros nuevos vecinos! – dijo Jefferson, el habitante más simpático de todo el pueblo.
El coche aparcó lentamente enfrente de la casa.  Conducía un señor de unos 50 años, con cara pálida y vestimenta descuidada. A su lado iba sentada una mujer de unos 35, que miraba a sus nuevos vecinos desde la ventanilla. Detrás iban un chico de unos 20 años, parecía risueño, ojos azules, moreno, muy guapo, al que todas las chicas del pueblo se le quedaron mirando con la boca abierta. En el asiento de al lado iba una niña de unos 15 años dormida.
El señor salió del coche y estiró las piernas. La mujer se acercó a la casa y saludó a los vecinos con un leve gesto de mano y abrió la puerta. El chico cogió a la niña pequeña y salió del coche.
-Papá, ¿os ayudo a meter el equipaje?
-No Steven, tú despierta a  Ainara y ve con ella a vuestras habitaciones, donde os diga tu madre. Ya me encargo yo.
El señor metió el coche en su pequeño garaje de la parte de atrás y se metió a la casa.
Los vecinos cuchichearon entre ellos.
-No parecen muy sociables, ¿no?
-No sé, parecían un poco tímidos. Mañana vendré a traerles un bizcocho de bienvenida- dijo Sandra, una de las vecinas más conocidas del pueblo.
A la mañana siguiente, Sandra, sus hijos y algunos amigos de ésta fueron a casa de sus nuevos vecinos. La mujer les abrió la puerta con un gesto de amabilidad, se presentó (se llamaba Nelly) y les pasó a la sala de estar. Para ser el segundo día de estar en el pueblo, estaba todo muy bien colocado y decorado. Era una amplia sala con una mesita de café, dos sillones que la rodeaban y unos muebles con una chimenea.
-Podéis sentaros por aquí, os traeré unas tazas de café y unos pasteles. http://www.casasdecoracion.com/imagen/postings/50/view_1_50.jpg
Cuando volvió la mujer con la bandeja de los cafés y los dulces, Sandra preguntó:
-Bueno, ¿por qué escogisteis este pueblo para mudaros?
-Mi marido Bryan y yo vivíamos en nuestro país, Ecuador, cuando pasó un terrible accidente. Hubo un gran terremoto que destrozó nuestra casa, una bonita casa con jardín, de dos plantas, diseñada por nosotros. Steven tenía 5 años, y yo estaba embarazada de Ainara. Y como Bryan y yo tenemos familiares en España, decidimos venir a vivir aquí, a un pueblo tranquilo como este.
Después de hablar los vecinos durante una hora, llego la hora de comer y cada uno se iba a su casa cuando de repente, Steven salió con cara enfurecida del garaje a toda velocidad y atropello a la hija pequeña de Sandra, Susana.
-¡Dios mío! ¡Mi hija!
Sandra y su hijo se acercaron corriendo hacia la niña, y Steven se fue sin ni si quiera parar. Nelly llamó histérica a la ambulancia.
Pasaron semanas sin que Susana mejorara, y Steven no aparecía.
Pasaron meses, hasta que Susana murió y Sandra decidió hacer venganza por el hijo se su vecina. Una noche, Sandra, acompañada de unos vecinos que le tenían mucho cariño a esta niña, entraron a la casa por la puerta del garaje que solían dejar abierta, cogieron a sus vecinos mientras estaban dormidos y les ataron manos y pies.
Diez minutos después estaban en la furgoneta de uno de estos habitantes del pueblo, camino de una laguna cercana.

Eran las 2 de la madrugada, y todo estaba muy oscuro. Sandra sacó a los familiares uno a uno y los ahogó en la laguna. Alrededor los vecinos reían y gritaban “venganza por la Pequeña Susana!”.
https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjlDn9LAXNRlpfuAEYI5oAc3TSqI87vLGVtCRrWL3TAlN7VnN9Dmz74r37zeMmnjgR9ddNuuAEDNgDusgTAOKaLZmcQdyG8NUEPd1Y56Nl-q8Wxhvz8I-8sv5bBP1jFdCeIxTlVAT1R8B4/s400/Laguna+LV+de+noche+reflejo.JPG

Ha pasado un mes desde que los fantasmas de esta familia siguen buscando a Steven,  al que desde el día que atropelló a la niña no se sabe nada.
Sandra acabó encerrada en un psiquiátrico unas semanas después de ahogar a esta familia.

Relato. SILVIA GONZÁLEZ

Imaginaciones tuyas.



Todos creen que los cementerios son un lugar muy malo para ir una noche de Halloween. Se pasa miedo, frío, y ocurren cosas bastantes raras. Yo, por mi parte, no me las creo.
Mis amigos Yeray y Camila me querían demostrar que esto pasaba de verdad en el cementerio. Seguro que estarían dispuestos a gastarme alguna broma, como siempre; ellos son así. Eran las 10 de la noche de Halloween. Todo estaba oscuro y Yeray, Camila y yo nos dirigíamos a la puerta. La puerta ya era un tanto tenebrosa: era grande, de barrotes y negra. Arriba del todo tenía una virgen pintada. Era extraño.
-¿Cómo vamos a entrar?-les pregunté.
-Con esto -Yeray me mostraba las llaves en su mano mientras decía esto.
-Siempre igual de preparado, ¿no?-dije.
-Pues claro, ya me conoces -me respondió, guiñándome un ojo.
Yeray abrió la puerta y entramos. Yo iba la última , vigilando todos los movimientos de mis dos amigos , por si hacían algo raro para gastarme la broma. De repente se escuchó un sonido , era raro pero no me alarmé mucho. Se volvió a oir , me puse nerviosa , pero pensé que serían Yeray y Camila , ya que estos ni se inmutaron al oírlo. Se volvió a oír y decidí preguntar , ya me estaban poniendo de los nervios.
-¿Habéis oído eso?-dije mirándoles algo inquieta
-No -respondieron los dos al unísono.
Pensé que serían ellos así que lo dejé pasar. Encontramos un sitio donde podíamos dormir , así que nos instalamos , hicimos una hoguera y pusimos los sacos de dormir en el suelo. Esta vez se oyó el ruido mas fuerte y lo oímos los tres , nos giramos y no vimos nada , pero se volvió a oír el mismo ruido por otro lado .
-Venga ya chicos , dejar de hacer tonterías.-dije para liberar tensiones.
-No somos nosotros.-dijo Camila.
Nos levantamos y salimos corriendo , hasta que tropecé , miré hacia atrás y era un gato ,¿era él el causante de los ruidos? Nunca lo sabremos.


Relato. PAULA GARRIDO


EL ATAJO
En una tarde fría de invierno veníamos mi hermana y yo, de la biblioteca .De estudiar para un examen muy importante qué teníamos al día siguiente. Y como la biblioteca estaba muy lejos decidimos coger un atajo. Y en ese atajo había una calle y en la calle había una casa extraña y aparentemente abandonada.



 Nosotras nos quedamos ambirándola. Pero de repente oímos una voz de un hombre. Nos miramos las dos, y salimos corriendo.
Cuando llegamos a casa nuestra madre nos dijo
-¿Qué os a pasado, porque venís pálidas?
-Nada, mama nada.  La dijimos las dos.
Nuestra madre no le dio la menor importancia.
Entonces al día siguiente mi hermana y yo decidimos volver a la casa a ver de dónde venía la voz. Al llegar a la casa delante de la puerta .La abrimos , pero no nos costó nada más que empujarla y ya .Al entrar encendimos una cerilla y vimos una casa llena de polvo y telas de araña ,total como una casa abandonada. Luego al pasar al comedor oímos un ruido procedente de una de las habitaciones del final del pasillo. Fuimos para haya al principio nos dio mucho miedo, pero nos pica más la curiosidad de donde podría provenir el extraño ruido. Entramos a la habitación y vimos una sombra y nos asustamos .Pero primero preguntamos:
-¿Quién anda ha ahí?
-Hola. Nos dijo un chico con la ropa rota, muy sucio y maloliente.
Nosotras gritamos y el hombre nos dijo:
-Que no pasa nada, yo no me como a nadie.
-Entonces que hace usted ahí
-Yo solo lo único que hago es dormir aquí porque no tengo casa.
-Pues qué lugar más pésimo para vivir.
-Ya pero no tengo otro lugar a donde ir.
-Nosotras te podemos ayudar.
-¿Cómo?
-Nosotras conocemos una empresa que presta pisos a gente  sin hogar.
-Y donde esa empresa –dijo el hombre entusiasmado.
-Ahí a la vuelta de la esquina, si quieres te acompañamos.
-Pues vale.
Al final nos dirigimos a la puerta del edificio. Y le dejamos ahí.
De vuelta a casa nos sentíamos orgullosas de haber hecho una buena acción.
Y recordaremos esta acción durante toda la vida.
          

Relato. LAURA PÉREZ JARAIZ

Tormenta. Normalmente me relaja, cuando estoy en el sofá de mi casa, con una taza de chocolate caliente en la mano. Pero ahora no estoy en el sofá, ni siquiera estoy en casa. Estoy en un Airbus A380, volando de Boston hacia Alemania. Es un importante viaje de negocios, ya que beneficia mucho a mi empresa. Suelo ir tranquila en los viajes pero, esta vez, hay algo que me inquieta. Será la tormenta. Saco mi Sony Ericsson y decido llamar a mi madre para tranquilizarla de que estoy bien, porque antes de que yo montase en el avión, ella también tenía un mal presentimiento.



-        ¿Seguro que todo va bien? – noto el nerviosismo de mi madre por el teléfono – Sí, mamá, no pasa nada.
Mientras hablo con ella, de repente, se va la luz. Casi todo el avión grita y yo apago rápidamente el móvil; no quiero que mi madre se ponga más histérica. Aunque yo también estoy muy nerviosa. El piloto dice que, debido a los relámpagos de la tormenta, se ha sobrecargado el generador de la luz, que nos tranquilicemos. Nadie sigue sus instrucciones. La señora que tengo al lado, una mujer huesuda, de unos sesenta años, pelo gris y aspecto enfermizo tiembla a más no poder, está al borde del colapso. Empiezan las turbulencias. Las azafatas tienen grandes dificultades para mantenerse de pie y los vasos, revistas y equipajes de mano empiezan a caer al suelo. Una mochila verde me da en la cabeza, pero no es lo suficientemente grande como para dejarme inconsciente. Las turbulencias son enormes, el avión se tambalea como un péndulo gigantesco. Se oyen truenos fuera del avión que se mezclan con los gritos y llantos de la gente. Un rayo pasa peligrosamente cerca. Veo a la gente ponerse el chaleco salvavidas y yo hago lo mismo. La confusión y el miedo invaden la nave sin que nadie pueda impedirlo, ni siquiera el piloto, que balbucea unas palabras que cree tranquilizadoras. Un trueno muy violento hace callar a la gente por un momento. Era el relámpago definitivo. El avión empieza a caer. Los pilotos han perdido el control y todos nos aferramos a los asientos. Estamos sobrevolando tierra, sí, pero no me tranquiliza porque será mortal. La mujer que hay a mi lado ha perdido el conocimiento y muchas personas sufren ataques de ansiedad.  Deben quedar muy pocos metros para llegar al suelo, porque caemos a una velocidad terrible. Mi último pensamiento es para mi madre. No soportará la noticia. He tenido un grave accidente de avión.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Relato. VÍKTOR CHERNOV

Había dos huérfanos, Juan y Damián, que eran unos ladrones asombrosos, a pesar de que solo tenían 5 años. Juan era bajito, rubio, con los ojos azules. Era un chico muy listo y bromista. Damián también era bajito, y, al contrario de Juan, él era moreno y con los ojos marrones. Damián, al igual que Juan, era muy listo, pero un poco despistado. Eran muy pequeños y muy monos, lo que les facilitaba su trabajo a la hora de robar, ya que nadie nunca sospechaba nada. Los pequeños no robaban porque les gustase; ellos sabían que era malo, pero lo hacían para alimentarse y sólo robaban lo justo para no pasar hambre.
Los muchachos vivían bajo un puente junto al que pasaba un río casi seco y, más que un río, eso parecía solamente barro. El barrio en el que se hallaba el puente, era un barrio muy pobre y la gente que vivía en él siempre estaba desganada y parecían "zombis". En el barrio solo había un edificio que estaba a la deriva. Prácticamente, toda la gente de allí, vivía en chabolas. El entorno en el que vivían era deprimente y en la zona siempre caldeaba un ambiente triste. Allí no había ni una sola tienda, así que, los muchachos tenían que caminar mucho hasta llegar a la tienda más cercana para poder robar algo de comer.
Juan y Damián no eran tontos; cada día iban a una tienda diferente, para que no sospechasen. Los chicos conseguían algunos céntimos pidiéndolos por las calles de su pobre barrio. Esos céntimos los utilizaban para comprar lo más barato de la tienda, y, mientras el dependiente iba a por ello, los críos aprovechaban el tiempo para guardarse algo en el bolsillo o en el saco.
Un día, cuando volvían a su ``casa´´, vieron algo que les extrañó:
Damián.- (con cierta curiosidad.) ¡Eh!, Juan, mira eso. ¡Es el local abandonado!.
Juan.- (con mucha alegría.) Es verdad. ¡Están inaugurando una tienda de alimentación!  Ya no tendremos que volver a dar esos rodeos para conseguir algo de comer.
Juan tenía razón: los chicos ya no tendrían que volver a caminar tanto, Ahora tenían una tienda cerca de donde vivían. La tienda era muy grande para ser de alimentación. Esto a los muchachos les suponía más facilidad para robar. Los críos comenzaron a robar en la nueva tienda, pero, desde los primeros días, empezaron a notar un tremendo dolor de tripa, que cada vez era más fuerte:
Juan.- Damián, yo creo que nos está castigando el Karma.
Damián.- (extrañado.) ¿Qué dices?, ¿cómo nos va a meter dolor de tripa la Carmen?
Damián dijo Carmen, porque Carmen era la gitana más estúpida del barrio, y, al ser un poco corto, no sabía lo que era el Karma:
Juan.- Olvídate del Karma.
Damián.- (extrañado de nuevo.) ¡Mm…! Vale.
Juan vio que lo que comían estaba caducado y se lo explicó a Damián:
Juan.- La comida de esta tienda está caducada.
Damián.- ¡Ah!, vale. Esto lo explica todo, y no la Carma esa.
Juan.- (suspirando.) Tendremos que volver a dar esos rodeos.
Los pequeños volvieron a emprender esas caminatas para robar. Lo hacían día tras día hasta que un anciano les pilló. El abuelo tenía pinta de ser buena persona, y, de hecho, lo era. Llevaba puesto un traje marrón y un bastón en la mano. Era alto, y, a pesar de su edad, parecía estar en forma:
Anciano: ¡Eh, pequeños!, ¿por qué hacéis eso?
Juan y Damián: (intentando disimular.) ¿Nosotros? ¿El qué?
Anciano: No os creáis que sea tonto. Venga, chiquillos, tendréis alguna razón para hacerlo.
Juan le explicó al abuelo la razón por la que lo hacían, y, además, le contó que eran huérfanos y dónde vivían. El anciano se quedó boquiabierto. Éste, les ofreció hogar, a cambio de que le ayudasen en la tienda. Los críos, aceptaron la oferta, y lo hicieron con mucha alegría. Los pequeños pasaron de no tener nada a tenerlo todo. La casa en la que vivían ahora era muy grande y tenía de todo, incluso un jardín en el que los muchachos podrían jugar. El anciano les trataba muy bien, les compraba juguetes, les hacía el desayuno, etc…El abuelo les apuntó a un colegio, y, vio que los muchachos, realmente eran muy listos. La vida de los pequeños era lo que siempre desearon.

Relato. ROBERTO MARÍN


LA OBSESIÓN FATAL: LA LIMPIEZA


   Una mañana cualquiera; en la peor de las semanas, la de antes de Semana Santa; en el peor de los días, los lunes; en la peor de las horas, la última. Mi hermano Kevin; Ricardo, el peor de los listillos aunque, por otro lado, mi mejor amigo y yo nos escaqueamos durante la clase de Ciencias Naturales.


   Era un día muy soleado. Perfecto para dar una vuelta los tres juntos; ver chicas con sus minifaldas, hablando, chismorreando y poniendo verdes a sus mejores amigas… Justo lo que hicimos. Fuimos al parque de “Las Manos Blancas”, donde jugamos al fútbol y ligamos. Como otro día cualquiera…
   Cuando eran aproximadamente las seis y cuarto de la tarde, los tres fuimos a la casa de nuestro antiguo profesor de literatura, el señor Augusto, con quien quedábamos todas las semanas para que nos diese respuestas de los exámenes ya que, como él estaba jubilado, no le importaba dárnoslas. Siempre, claro está, con una condición: Teníamos que ayudarle a cuidar del jardín y a planchar sus viejos y roñosos pantalones.
   Esa tarde fuimos como otro día normal. Sólo había una diferencia: el señor Augusto no estaba en su casa. Entramos; vimos que tenía la televisión encendida y los calcetines ya doblados y con un trapito encima, no sé muy bien para qué. Miramos la hora, pero no era muy tarde. Habíamos llegado incluso cinco minutos antes.
-Tal vez haya salido-supuso Kevin.
-¿Y los calcetines ya doblados?-dijo Ricardo. Miró el jardín-¿Y el césped tan bien cortado?
-Aquí ha venido alguien y nos ha quitado las respuestas del examen de mañana-, pensé en alto.


   De pronto oímos un ruido. Provenía del sótano y suponíamos que sería el señor Augusto. Grité su nombre mientras bajábamos las ruidosas escaleras. ¡Qué raro!, también estaba llena de trapos. Por poco se cae Ricardo. Vimos a don Augusto atado, amordazado y con una bolsa de tela en la cabeza.
   Lo desatamos, y en ese preciso instante Ricardo desapareció. Gritaba, pero tenía la boca tapada. De pronto vimos un rostro que salía de entre las sombras. Era una chica de unos veinticinco años. ¡¡Era la nieta loca de don Augusto!! ¡¡¡Tenía a Ricardo!!! (Pese a que tenía una navaja en la mano, ella no estaba en el manicomio por psicópata asesina. Sólo tenía un “pequeño” problema con la limpieza. Era una obsesa de la limpieza, aunque no tocaría un cepillo ni aunque la apuntasen con una pistola en la cabeza).






-¿¡Qué narices te pasa!? ¿¡Por qué le haces esto a tu abuelo!?-pregunté aterrado.
-¡Porque me ha dicho que no podía más, que si colocaba un trapo más la cadera le mataría!-, dijo ella, con voz de salida de un psiquiátrico.
- ¿Y esos trapos para qué son?-preguntó Kevin.
-¡El polvo! ¡Mi peor enemigo! ¡¡Esos ácaros asesinos que te chupan la sangre, ¡¡aaajj!!
-Tranquila, tranquila… Nosotros acabaremos el trabajo- dijo Kevin.
-Eso, eso. Pero, por favor, suéltame- dijo histérico Ricardo.
   Comenzamos a limpiar y colocar los cubiertos. ¡Era horrible! Cada cosa que pisábamos o limpiábamos tenía que estar cubierta por trapos. Al fin, mientras que “la loca” no miraba, Kevin le propinó un escobazo en la pierna que la tiró al suelo. Ella comenzó a gritar como una energúmena:<<¡¡¡El polvo, los ácaros me atacan, aaaah!!!>> Yo le tapé la boca mientras que Ricardo y Kevin la ataban de pies y manos. Luego desatamos al señor Augusto y después devolvimos a su nieta al manicomio. Allí, la chica que estaba en recepción se asustó mucho al verla. << ¿Tan loca está? ¿Qué habrá hecho para que le tengan tanto miedo? >> (Me preguntaba yo). Eso nunca lo sabremos. En fin, espero no cruzármela nunca más.

   Unos años después…


Relato. MÓNIKA TASHKOVA

Hace 1 semana, más o menos, le sucedió algo terrible a una niña junto a su familia y a su perro Jerry. Un sábado, como un día normal, decidieron salir  a dar una vuelta y ya de paso pasear a su perro. Eran las ocho de la noche, cuando salieron de su casa. No mucho tiempo después, pasaron por un callejón que parecía no tener salida.
-         Tengo miedo – dijo la niña a su madre en el oído –
-         Tranquilízate hija, no es más que un simple callejón y si vemos que no encontramos la salida, volveremos por donde hemos venido y ya está – la madre intentó tranquilizar a su hija.

Como vieron que no encontraban la salida, tal y como su madre había dicho dieron media vuelta, e intentaron volver por el mismo camino por el que habían venido. Lo raro era que nadie se acordaba por dónde habían pasado antes; todos estaban un poco confundidos por miedo de que se hubieran perdido, y además no tenían ninguna linterna ni se habían llevado sus móviles ni nada para poder ver algo, ya que todo estaba muy oscuro.
Pasó un tiempo, ya eran las nueve de la noche, lo cual significaba que ya había pasado una hora desde que habían salido de su casa. La mitad de esa hora se la pasaron intentando salir por aquel extraño callejón, pero nada, no encontraban la salida.
-         Mamá, tengo mucho miedo – le volvió a susurrar la niña a su madre –
-         ¡Claudia! Para de lloriquear porque entonces nos vas a poner a mí y a tu madre nerviosos, ¿vale? – le contestó su padre –
Poco después se oyó un extraño ruido, ¡PPPPPPPPPPPPPPPPPPPPUM! La niña gritó, se dio media vuelta y notó que estaba sola en aquel callejón. No estaban ni su madre, ni su padre, ni Jerry, su perro.
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-         ¿Mamá? ¿Papá? ¿Hay alguien?
No le contestaba nadie. Se echó a llorar, se puso mucho más nerviosa de lo que estaba antes.
Miró a ver si había alguien, y exactamente ahí, había una persona apoyada en la pared.
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Se acercó corriendo, para ver quién era y pedirle ayuda.
-         Perdona, ¿puedes ayudarme? , tengo mucho miedo, hace 5 minutos como mucho estaba aquí con mi madre y con mi madre y mi perrito Jerry, pero me di la vuelta y, y, y…. ¡NO HABÍA NADIE!
-         Mira niña, cada persona que entre en este callejón corre un grave peligro,  es muy difícil salir, tiene muchas trampas que es casi imposible inevitarlas…
-         Una vez que hayas entrado aquí es mejor ir olvidándote de ver la luz del día.
-         Espera, ¿¡QUÉ?! Me estás diciendo que mi familia ya, ya, ya…
-         Sí, eso mismo pequeña. Tú vas a poder salir de aquí. Muy poca gente lo hace, pero tú sí lo vas a conseguir porque si no hubiera sido así ya no estarías aquí. Tienes que advertir a tus amigas y amigos de que no se acerquen aquí, porque a alguno de ellos no le importará mucho, pero a los otros… No todos tienen la misma suerte, y en este caso lo han pagado tus padres y tu perro.
-         ¿Has sido tú quien me ha ayudado a que yo vaya a salir viva de aquí?
-         Así es. A veces consigo que la gente salga de aquí, pero a veces no sale todo a la perfección.
-         Y entonces, ¿por qué no has conseguido que mis padres salgan vivos de aquí?
-         Como te he dicho, no siempre puedo hacer todo lo posible. Agradece que tú vas a poder salir de aquí, y ya sabes que no se te ocurra por segunda vez entrar en un callejón.
-         No lo voy a hacer, desde que ha pasado esto, no lo voy a volver a hacer.
-         A lo mejor cuando salgas del callejón, no te vas a acordar de todo, y si no lo haces te va a ser bastante difícil vivir ya que no vas a tener la menor idea de lo que ha pasado. Vete ya porque no quiero que te pase algo a ti también.
-         Vale, ya me iba, no quiero estar ni un segundo más aquí.
-         ¡Y que ni se te ocurra volver!
-         Vale, adiós y gracias.
La persona hizo que la niña saliera en un abrir y cerrar de ojos. Al salir la pequeña se acordaba de todo, se lo contó a sus amigos, no muchos la creyeron, pero los que no lo hicieron para burlarse fueron al callejón y pagaron con las consecuencias.
Desde entonces la niña, no volvió a ir a un callejón ni volvió a tener otro perro.






Relato. ALBERTO LÓPEZ BOIZA

DETRÁS DE LAS VÍAS



Capítulo 1: En el presente
Hola, me llamo Alberto. Tengo 21 años, soy un chico risueño, simpático y amable, ¡eso pienso yo!, aunque no sé cómo me verán los demás. Llevo viviendo en el mismo sitio veintiún años, en el pueblo de La Mata. Es un sitio acogedor y precioso. Es un pueblo con poca población en invierno, pero que cuando llega el verano se llena, ya que es un pueblo costero. Este pueblo también es famoso por una leyenda que se cuenta sobre él y de la que va a tratar esta historia.       

Capítulo 2: La leyenda
La leyenda cuenta que había una casa embrujada en la que vivía una mujer que estaba loca y se suicidó. Desde entonces su espíritu habita en la casa y todo el que entra desaparece.
Dos años antes de que yo naciese, construyeron unas vías de tren que aislarían la casa del pueblo, de esta manera la única forma de llegar a la casa era cruzando las vías, lo que era imposible, ya que había una enorme alambrada, pero que al cabo de los años se desgastaría. Nadie se atrevía a cruzar las vías, ya que era muy peligroso y mucha gente murió en esa casa al otro lado de las vías.

Capítulo 3: Siete años antes, el comienzo
-         Mamá.
-         ¿Qué? -Dijo mi madre- “Mi madre es encantadora y guapa y me quiere más que a nadie en el mundo”
-         Dame el dinero, que voy a la peluquería.
-         No.
-         ¿Por?
-         La última vez te gastaste el dinero en tonterías.
-         Mama, por favor, te prometo que esta vez me voy a cortar el pelo.
-         Dale el dinero –dijo mi padre- y que se pire de una vez. “Mi padre tiene exactamente el mismo carácter que yo y me quiere mucho al igual que mi madre”
-         Toma.
-         Gracias. Cuando acabe, vuelvo.
-         Llévate el móvil, por si acaso te ocurre algo.
-         Vale…

Capítulo 4: De camino a la peluquería
“Ring, ring, ring…”
-         ¿Sí?
-         Hola
-         ¡Hola Raúl! “Raúl es mi gran amigo, es simpático, pero un poco desagradable en ocasiones”.
-         Oye tío, ven corriendo, me encuentro en las colinas.
-         ¿Qué pasa?
-         Ahora te cuento. Por favor, ven corriendo.
-         Sí, ya voy.
(Quince minutos después)
-         Hola de nuevo.
-         Hola. Mira tío, ¿tú sabes la leyenda de la casa?
-         Sí.
-         Se han metido todos y yo me he quedado vigilando por si venía la policía a avisarles. Me habían dicho que en media hora saldrían, pero como he visto que no salían, he empezado a llamarlos a todos, pero nadie me coge el teléfono y por eso te he llamado a ti.
-         Vale. ¿Quieres que entremos a buscarlos?
-         Vale.



Capítulo 5: Llegando a la casa
Los dos hemos cruzado las vías sin ningún peligro, ya que el último tren pasó hace cinco minutos y los trenes pasan cada quince minutos.                                         Ya estamos llegando a la vieja casa. La verdad, nos estamos asustando, pero da lo mismo.                                                                                                                     
La vieja casa de madera está sujeta por cuatro pilares y, desde nuestra perspectiva, las ventanas parecen formar una terrorífica cara. Le falta el techo y las ventanas están rotas y agrietadas, y las cortinas se mueven levemente, aunque no hay nada de viento y nos encontramos a treinta grados.




Capítulo 6: Dentro de la casa.                       
Hemos llegado al gran porche de la casa, los escalones de madera, que chirrían como si se quejasen mientras los subimos lentamente para llegar a la puerta. Nos preparamos para abrir la puerta a un “mundo terrorífico”.                                                      Abrimos, y nos encontramos en el gran cuarto de estar. Nos dispusimos a entrar y se cerró la puerta de un golpe. Empezamos a caminar a través del cuarto de estar, intentando encontrar a alguien, cuando, 
de repente, se encendió la radio, con una vieja y agradable melodía pero que en esta situación era terrorífica.                                                                                                                                   Avanzamos hacia la escalera para subir al piso de arriba en el que se encuentran el resto de habitaciones. Las escaleras eran de madera, tenían moho, 

 estaban esgastadas y astilladas y hacían un terrible ruido cuando las pisabas, como si se fuesen a caer.



Cuando subimos al segundo piso quedamos en que uno buscaría en las habitaciones de la derecha y otro en las de la izquierda y que si nos ocurriera algo o encontráramos a alguien gritaríamos: ¡ “vida”!.                                                                                                Espero a que se meta en la habitación y subo al ático. Allí me encuentro con todos mis amigos.                                                                                                                ¡Ah!, se me había olvidado decirte que esto era una broma. Cuando llegué, empezamos a hacer ruidos raros y a dar golpes para asustar a Raúl. Mientras escuchábamos cómo él gritaba, “¡Vida, vida…!”, empezamos a reírnos y bajamos en su búsqueda y le encontramos fuera de la casa porque había saltado por una ventana.                                                                                                              Lo que no sé es cómo se cerró la puerta, se movían las cortinas y, sobre todo, cómo se encendió la radio… Bueno, pero eso es otra historia.






Capítulo 7: El final
Una vez salimos de la casa, cruzamos la vía y me despedí de ellos y sí fui a cortarme el pelo. Cuando llegué a casa era muy tarde y, hazme caso, que la bronca que me echó mi madre da más miedo que esta historia.