miércoles, 7 de marzo de 2012

Relato. VÍKTOR CHERNOV

Había dos huérfanos, Juan y Damián, que eran unos ladrones asombrosos, a pesar de que solo tenían 5 años. Juan era bajito, rubio, con los ojos azules. Era un chico muy listo y bromista. Damián también era bajito, y, al contrario de Juan, él era moreno y con los ojos marrones. Damián, al igual que Juan, era muy listo, pero un poco despistado. Eran muy pequeños y muy monos, lo que les facilitaba su trabajo a la hora de robar, ya que nadie nunca sospechaba nada. Los pequeños no robaban porque les gustase; ellos sabían que era malo, pero lo hacían para alimentarse y sólo robaban lo justo para no pasar hambre.
Los muchachos vivían bajo un puente junto al que pasaba un río casi seco y, más que un río, eso parecía solamente barro. El barrio en el que se hallaba el puente, era un barrio muy pobre y la gente que vivía en él siempre estaba desganada y parecían "zombis". En el barrio solo había un edificio que estaba a la deriva. Prácticamente, toda la gente de allí, vivía en chabolas. El entorno en el que vivían era deprimente y en la zona siempre caldeaba un ambiente triste. Allí no había ni una sola tienda, así que, los muchachos tenían que caminar mucho hasta llegar a la tienda más cercana para poder robar algo de comer.
Juan y Damián no eran tontos; cada día iban a una tienda diferente, para que no sospechasen. Los chicos conseguían algunos céntimos pidiéndolos por las calles de su pobre barrio. Esos céntimos los utilizaban para comprar lo más barato de la tienda, y, mientras el dependiente iba a por ello, los críos aprovechaban el tiempo para guardarse algo en el bolsillo o en el saco.
Un día, cuando volvían a su ``casa´´, vieron algo que les extrañó:
Damián.- (con cierta curiosidad.) ¡Eh!, Juan, mira eso. ¡Es el local abandonado!.
Juan.- (con mucha alegría.) Es verdad. ¡Están inaugurando una tienda de alimentación!  Ya no tendremos que volver a dar esos rodeos para conseguir algo de comer.
Juan tenía razón: los chicos ya no tendrían que volver a caminar tanto, Ahora tenían una tienda cerca de donde vivían. La tienda era muy grande para ser de alimentación. Esto a los muchachos les suponía más facilidad para robar. Los críos comenzaron a robar en la nueva tienda, pero, desde los primeros días, empezaron a notar un tremendo dolor de tripa, que cada vez era más fuerte:
Juan.- Damián, yo creo que nos está castigando el Karma.
Damián.- (extrañado.) ¿Qué dices?, ¿cómo nos va a meter dolor de tripa la Carmen?
Damián dijo Carmen, porque Carmen era la gitana más estúpida del barrio, y, al ser un poco corto, no sabía lo que era el Karma:
Juan.- Olvídate del Karma.
Damián.- (extrañado de nuevo.) ¡Mm…! Vale.
Juan vio que lo que comían estaba caducado y se lo explicó a Damián:
Juan.- La comida de esta tienda está caducada.
Damián.- ¡Ah!, vale. Esto lo explica todo, y no la Carma esa.
Juan.- (suspirando.) Tendremos que volver a dar esos rodeos.
Los pequeños volvieron a emprender esas caminatas para robar. Lo hacían día tras día hasta que un anciano les pilló. El abuelo tenía pinta de ser buena persona, y, de hecho, lo era. Llevaba puesto un traje marrón y un bastón en la mano. Era alto, y, a pesar de su edad, parecía estar en forma:
Anciano: ¡Eh, pequeños!, ¿por qué hacéis eso?
Juan y Damián: (intentando disimular.) ¿Nosotros? ¿El qué?
Anciano: No os creáis que sea tonto. Venga, chiquillos, tendréis alguna razón para hacerlo.
Juan le explicó al abuelo la razón por la que lo hacían, y, además, le contó que eran huérfanos y dónde vivían. El anciano se quedó boquiabierto. Éste, les ofreció hogar, a cambio de que le ayudasen en la tienda. Los críos, aceptaron la oferta, y lo hicieron con mucha alegría. Los pequeños pasaron de no tener nada a tenerlo todo. La casa en la que vivían ahora era muy grande y tenía de todo, incluso un jardín en el que los muchachos podrían jugar. El anciano les trataba muy bien, les compraba juguetes, les hacía el desayuno, etc…El abuelo les apuntó a un colegio, y, vio que los muchachos, realmente eran muy listos. La vida de los pequeños era lo que siempre desearon.

Relato. ROBERTO MARÍN


LA OBSESIÓN FATAL: LA LIMPIEZA


   Una mañana cualquiera; en la peor de las semanas, la de antes de Semana Santa; en el peor de los días, los lunes; en la peor de las horas, la última. Mi hermano Kevin; Ricardo, el peor de los listillos aunque, por otro lado, mi mejor amigo y yo nos escaqueamos durante la clase de Ciencias Naturales.


   Era un día muy soleado. Perfecto para dar una vuelta los tres juntos; ver chicas con sus minifaldas, hablando, chismorreando y poniendo verdes a sus mejores amigas… Justo lo que hicimos. Fuimos al parque de “Las Manos Blancas”, donde jugamos al fútbol y ligamos. Como otro día cualquiera…
   Cuando eran aproximadamente las seis y cuarto de la tarde, los tres fuimos a la casa de nuestro antiguo profesor de literatura, el señor Augusto, con quien quedábamos todas las semanas para que nos diese respuestas de los exámenes ya que, como él estaba jubilado, no le importaba dárnoslas. Siempre, claro está, con una condición: Teníamos que ayudarle a cuidar del jardín y a planchar sus viejos y roñosos pantalones.
   Esa tarde fuimos como otro día normal. Sólo había una diferencia: el señor Augusto no estaba en su casa. Entramos; vimos que tenía la televisión encendida y los calcetines ya doblados y con un trapito encima, no sé muy bien para qué. Miramos la hora, pero no era muy tarde. Habíamos llegado incluso cinco minutos antes.
-Tal vez haya salido-supuso Kevin.
-¿Y los calcetines ya doblados?-dijo Ricardo. Miró el jardín-¿Y el césped tan bien cortado?
-Aquí ha venido alguien y nos ha quitado las respuestas del examen de mañana-, pensé en alto.


   De pronto oímos un ruido. Provenía del sótano y suponíamos que sería el señor Augusto. Grité su nombre mientras bajábamos las ruidosas escaleras. ¡Qué raro!, también estaba llena de trapos. Por poco se cae Ricardo. Vimos a don Augusto atado, amordazado y con una bolsa de tela en la cabeza.
   Lo desatamos, y en ese preciso instante Ricardo desapareció. Gritaba, pero tenía la boca tapada. De pronto vimos un rostro que salía de entre las sombras. Era una chica de unos veinticinco años. ¡¡Era la nieta loca de don Augusto!! ¡¡¡Tenía a Ricardo!!! (Pese a que tenía una navaja en la mano, ella no estaba en el manicomio por psicópata asesina. Sólo tenía un “pequeño” problema con la limpieza. Era una obsesa de la limpieza, aunque no tocaría un cepillo ni aunque la apuntasen con una pistola en la cabeza).






-¿¡Qué narices te pasa!? ¿¡Por qué le haces esto a tu abuelo!?-pregunté aterrado.
-¡Porque me ha dicho que no podía más, que si colocaba un trapo más la cadera le mataría!-, dijo ella, con voz de salida de un psiquiátrico.
- ¿Y esos trapos para qué son?-preguntó Kevin.
-¡El polvo! ¡Mi peor enemigo! ¡¡Esos ácaros asesinos que te chupan la sangre, ¡¡aaajj!!
-Tranquila, tranquila… Nosotros acabaremos el trabajo- dijo Kevin.
-Eso, eso. Pero, por favor, suéltame- dijo histérico Ricardo.
   Comenzamos a limpiar y colocar los cubiertos. ¡Era horrible! Cada cosa que pisábamos o limpiábamos tenía que estar cubierta por trapos. Al fin, mientras que “la loca” no miraba, Kevin le propinó un escobazo en la pierna que la tiró al suelo. Ella comenzó a gritar como una energúmena:<<¡¡¡El polvo, los ácaros me atacan, aaaah!!!>> Yo le tapé la boca mientras que Ricardo y Kevin la ataban de pies y manos. Luego desatamos al señor Augusto y después devolvimos a su nieta al manicomio. Allí, la chica que estaba en recepción se asustó mucho al verla. << ¿Tan loca está? ¿Qué habrá hecho para que le tengan tanto miedo? >> (Me preguntaba yo). Eso nunca lo sabremos. En fin, espero no cruzármela nunca más.

   Unos años después…


Relato. MÓNIKA TASHKOVA

Hace 1 semana, más o menos, le sucedió algo terrible a una niña junto a su familia y a su perro Jerry. Un sábado, como un día normal, decidieron salir  a dar una vuelta y ya de paso pasear a su perro. Eran las ocho de la noche, cuando salieron de su casa. No mucho tiempo después, pasaron por un callejón que parecía no tener salida.
-         Tengo miedo – dijo la niña a su madre en el oído –
-         Tranquilízate hija, no es más que un simple callejón y si vemos que no encontramos la salida, volveremos por donde hemos venido y ya está – la madre intentó tranquilizar a su hija.

Como vieron que no encontraban la salida, tal y como su madre había dicho dieron media vuelta, e intentaron volver por el mismo camino por el que habían venido. Lo raro era que nadie se acordaba por dónde habían pasado antes; todos estaban un poco confundidos por miedo de que se hubieran perdido, y además no tenían ninguna linterna ni se habían llevado sus móviles ni nada para poder ver algo, ya que todo estaba muy oscuro.
Pasó un tiempo, ya eran las nueve de la noche, lo cual significaba que ya había pasado una hora desde que habían salido de su casa. La mitad de esa hora se la pasaron intentando salir por aquel extraño callejón, pero nada, no encontraban la salida.
-         Mamá, tengo mucho miedo – le volvió a susurrar la niña a su madre –
-         ¡Claudia! Para de lloriquear porque entonces nos vas a poner a mí y a tu madre nerviosos, ¿vale? – le contestó su padre –
Poco después se oyó un extraño ruido, ¡PPPPPPPPPPPPPPPPPPPPUM! La niña gritó, se dio media vuelta y notó que estaba sola en aquel callejón. No estaban ni su madre, ni su padre, ni Jerry, su perro.
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-         ¿Mamá? ¿Papá? ¿Hay alguien?
No le contestaba nadie. Se echó a llorar, se puso mucho más nerviosa de lo que estaba antes.
Miró a ver si había alguien, y exactamente ahí, había una persona apoyada en la pared.
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Se acercó corriendo, para ver quién era y pedirle ayuda.
-         Perdona, ¿puedes ayudarme? , tengo mucho miedo, hace 5 minutos como mucho estaba aquí con mi madre y con mi madre y mi perrito Jerry, pero me di la vuelta y, y, y…. ¡NO HABÍA NADIE!
-         Mira niña, cada persona que entre en este callejón corre un grave peligro,  es muy difícil salir, tiene muchas trampas que es casi imposible inevitarlas…
-         Una vez que hayas entrado aquí es mejor ir olvidándote de ver la luz del día.
-         Espera, ¿¡QUÉ?! Me estás diciendo que mi familia ya, ya, ya…
-         Sí, eso mismo pequeña. Tú vas a poder salir de aquí. Muy poca gente lo hace, pero tú sí lo vas a conseguir porque si no hubiera sido así ya no estarías aquí. Tienes que advertir a tus amigas y amigos de que no se acerquen aquí, porque a alguno de ellos no le importará mucho, pero a los otros… No todos tienen la misma suerte, y en este caso lo han pagado tus padres y tu perro.
-         ¿Has sido tú quien me ha ayudado a que yo vaya a salir viva de aquí?
-         Así es. A veces consigo que la gente salga de aquí, pero a veces no sale todo a la perfección.
-         Y entonces, ¿por qué no has conseguido que mis padres salgan vivos de aquí?
-         Como te he dicho, no siempre puedo hacer todo lo posible. Agradece que tú vas a poder salir de aquí, y ya sabes que no se te ocurra por segunda vez entrar en un callejón.
-         No lo voy a hacer, desde que ha pasado esto, no lo voy a volver a hacer.
-         A lo mejor cuando salgas del callejón, no te vas a acordar de todo, y si no lo haces te va a ser bastante difícil vivir ya que no vas a tener la menor idea de lo que ha pasado. Vete ya porque no quiero que te pase algo a ti también.
-         Vale, ya me iba, no quiero estar ni un segundo más aquí.
-         ¡Y que ni se te ocurra volver!
-         Vale, adiós y gracias.
La persona hizo que la niña saliera en un abrir y cerrar de ojos. Al salir la pequeña se acordaba de todo, se lo contó a sus amigos, no muchos la creyeron, pero los que no lo hicieron para burlarse fueron al callejón y pagaron con las consecuencias.
Desde entonces la niña, no volvió a ir a un callejón ni volvió a tener otro perro.






Relato. ALBERTO LÓPEZ BOIZA

DETRÁS DE LAS VÍAS



Capítulo 1: En el presente
Hola, me llamo Alberto. Tengo 21 años, soy un chico risueño, simpático y amable, ¡eso pienso yo!, aunque no sé cómo me verán los demás. Llevo viviendo en el mismo sitio veintiún años, en el pueblo de La Mata. Es un sitio acogedor y precioso. Es un pueblo con poca población en invierno, pero que cuando llega el verano se llena, ya que es un pueblo costero. Este pueblo también es famoso por una leyenda que se cuenta sobre él y de la que va a tratar esta historia.       

Capítulo 2: La leyenda
La leyenda cuenta que había una casa embrujada en la que vivía una mujer que estaba loca y se suicidó. Desde entonces su espíritu habita en la casa y todo el que entra desaparece.
Dos años antes de que yo naciese, construyeron unas vías de tren que aislarían la casa del pueblo, de esta manera la única forma de llegar a la casa era cruzando las vías, lo que era imposible, ya que había una enorme alambrada, pero que al cabo de los años se desgastaría. Nadie se atrevía a cruzar las vías, ya que era muy peligroso y mucha gente murió en esa casa al otro lado de las vías.

Capítulo 3: Siete años antes, el comienzo
-         Mamá.
-         ¿Qué? -Dijo mi madre- “Mi madre es encantadora y guapa y me quiere más que a nadie en el mundo”
-         Dame el dinero, que voy a la peluquería.
-         No.
-         ¿Por?
-         La última vez te gastaste el dinero en tonterías.
-         Mama, por favor, te prometo que esta vez me voy a cortar el pelo.
-         Dale el dinero –dijo mi padre- y que se pire de una vez. “Mi padre tiene exactamente el mismo carácter que yo y me quiere mucho al igual que mi madre”
-         Toma.
-         Gracias. Cuando acabe, vuelvo.
-         Llévate el móvil, por si acaso te ocurre algo.
-         Vale…

Capítulo 4: De camino a la peluquería
“Ring, ring, ring…”
-         ¿Sí?
-         Hola
-         ¡Hola Raúl! “Raúl es mi gran amigo, es simpático, pero un poco desagradable en ocasiones”.
-         Oye tío, ven corriendo, me encuentro en las colinas.
-         ¿Qué pasa?
-         Ahora te cuento. Por favor, ven corriendo.
-         Sí, ya voy.
(Quince minutos después)
-         Hola de nuevo.
-         Hola. Mira tío, ¿tú sabes la leyenda de la casa?
-         Sí.
-         Se han metido todos y yo me he quedado vigilando por si venía la policía a avisarles. Me habían dicho que en media hora saldrían, pero como he visto que no salían, he empezado a llamarlos a todos, pero nadie me coge el teléfono y por eso te he llamado a ti.
-         Vale. ¿Quieres que entremos a buscarlos?
-         Vale.



Capítulo 5: Llegando a la casa
Los dos hemos cruzado las vías sin ningún peligro, ya que el último tren pasó hace cinco minutos y los trenes pasan cada quince minutos.                                         Ya estamos llegando a la vieja casa. La verdad, nos estamos asustando, pero da lo mismo.                                                                                                                     
La vieja casa de madera está sujeta por cuatro pilares y, desde nuestra perspectiva, las ventanas parecen formar una terrorífica cara. Le falta el techo y las ventanas están rotas y agrietadas, y las cortinas se mueven levemente, aunque no hay nada de viento y nos encontramos a treinta grados.




Capítulo 6: Dentro de la casa.                       
Hemos llegado al gran porche de la casa, los escalones de madera, que chirrían como si se quejasen mientras los subimos lentamente para llegar a la puerta. Nos preparamos para abrir la puerta a un “mundo terrorífico”.                                                      Abrimos, y nos encontramos en el gran cuarto de estar. Nos dispusimos a entrar y se cerró la puerta de un golpe. Empezamos a caminar a través del cuarto de estar, intentando encontrar a alguien, cuando, 
de repente, se encendió la radio, con una vieja y agradable melodía pero que en esta situación era terrorífica.                                                                                                                                   Avanzamos hacia la escalera para subir al piso de arriba en el que se encuentran el resto de habitaciones. Las escaleras eran de madera, tenían moho, 

 estaban esgastadas y astilladas y hacían un terrible ruido cuando las pisabas, como si se fuesen a caer.



Cuando subimos al segundo piso quedamos en que uno buscaría en las habitaciones de la derecha y otro en las de la izquierda y que si nos ocurriera algo o encontráramos a alguien gritaríamos: ¡ “vida”!.                                                                                                Espero a que se meta en la habitación y subo al ático. Allí me encuentro con todos mis amigos.                                                                                                                ¡Ah!, se me había olvidado decirte que esto era una broma. Cuando llegué, empezamos a hacer ruidos raros y a dar golpes para asustar a Raúl. Mientras escuchábamos cómo él gritaba, “¡Vida, vida…!”, empezamos a reírnos y bajamos en su búsqueda y le encontramos fuera de la casa porque había saltado por una ventana.                                                                                                              Lo que no sé es cómo se cerró la puerta, se movían las cortinas y, sobre todo, cómo se encendió la radio… Bueno, pero eso es otra historia.






Capítulo 7: El final
Una vez salimos de la casa, cruzamos la vía y me despedí de ellos y sí fui a cortarme el pelo. Cuando llegué a casa era muy tarde y, hazme caso, que la bronca que me echó mi madre da más miedo que esta historia.



martes, 6 de marzo de 2012

relato: Alicia Mora Velasco. 2ºB




La historia comienza un día cualquiera, en una mañana soleada de primavera cuando yo, Angela Miller, daba un paseo por mi lugar favorito, Central Park, en Nueva York, mi ciudad natal.
La verdad, no sé qué hago aquí, pero me siento tranquila, como si no hubiese nadie a mi alrededor. Entonces me encuentro con Amy, mi amiga.
     -Hola-la saludo.
Pero es como si no me viese y sigue su camino sin ni siquiera mirarme. Comienzo a seguirla y la llamo, y cuando logro alcanzarla y le voy a tocar el hombro me doy cuenta de que puedo verla a través de mi mano. Esto… Esto no es posible. Pero, ¿Cómo? En seguida intento comunicarme con los demás. Me pongo delante de las personas, interponiéndome en su camino, pero no me ven y pasan a través de mí, como si no existiese. ¿Y si, en realidad, no existo?
Corro hacia mi casa intentando acostumbrarme a esta extraña sensación de ser inmaterial.
Cuando entro, veo que mi padre está sentado junto a mi madre, que llora desconsoladamente. La televisión está encendida y mi padre no le quita el ojo de encima. Me giro para ver qué es lo que mira con tanto interés y descubro que el presentador de las noticias informa sobre la desaparición de una chica de catorce años.
     -Hace dos días que esta chica ha desaparecido- Espera... Me parezco mucho            a la de la foto. ¿Soy yo? -se la vio por última vez en Central Park, dando un paseo, sobre las seis de la tarde del pasado viernes. Si la ven, por favor, avisen a la policía.
No puede ser, no puedo haber desaparecido, estoy aquí, en mi casa, como cualquier día, a excepción de que no puedo tocar nada y nadie me ve.
Entonces empiezo a recordar: Era una tarde soleada de un viernes. Mi amiga Julia y yo estábamos sentadas en un banco en Central Park, tras un largo paseo, hablando de los exámenes de la próxima semana. Entonces la alarma de su reloj sonó, eran las seis en punto. Me dijo que se tenía que ir a su casa, que su madre la estaría esperando. Yo me quedé en el banco y empecé a leer un libro de bolsillo que siempre llevaba en el bolso. Después de veinte minutos me dispuse a dar un paseo. No había casi nadie en el parque, lo que me incomodaba un poco. De repente, oí un disparo y todo se volvió oscuro. Cuando desperté, seguía en Central Park, dando un paseo. Cuando me encontré con Amy, ella no me hizo caso y ya conocéis el resto de la historia.
Fui hasta el lugar en el que me mataron, pero yo, o mejor dicho mi cuerpo, no estaba allí. Registré la zona y, entre unos matorrales, me encontré. Tenía el pelo en la cara y no pude ver mi rostro, pero me reconocí por el colgante que llevaba puesto y que nunca me quitaba, que me regaló mi abuela cuando yo tenía dos años.
Estaba allí tirada, con un disparo en la cabeza.
No descubrí quién me hizo esto porque no podría hacer nada por mí. En fin, ya estoy muerta.
En Nueva York hay 3000 muertes violentas al año.
Yo soy unas de esas víctimas.